La oficina a dos pasos de la cama

Me despierto a un nuevo día y toco malamente el móvil que me hace de despertador, mandándolo a callarse diez minutos en lo que m

Me despierto a un nuevo día y de un manotazo le digo al móvil que me avise en diez mi

Me despierto a un nuevo día y me doy cuenta de que hace veinte minutos que tenía que haber salido de la cama. Le doy al despertador otros diez minutos, no vaya a volver a dormirme. Me sueno con fuerza y tras ello toso aún más fuerte, eso me recuerda que estoy en el cuarto de invitados porque una leve gripe ha hecho presa de mí y no quiero contagiar a mi señora y los dos pequeños pasajeros que lleva en su vientre (no tan pequeños, en realidad son bastante grandes, prueba de ello son los dolores de espalda que sufre mi amada esposa).

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De vez en cuando, tengo un día normal

Abro los ojos con un leve dolor de cabeza y la sensación de que la noche anterior ha durado apenas veinte minutos. Sin saber cómo he llegado hasta la ducha un chorro de agua fría me despierta de forma abrupta y un pestañeo más tarde estoy en la cocina, vestido con lo primero que encontré y sacando tajos a un taco de queso para hacerme un sándwich. Otro breve lapsus temporal y veo llegar la guagua, que se encuentra a mucha menos distancia de la parada que yo y corro a lo Forrest Gump para no quedarme tirado los diez minutos que tardará en pasar la siguiente.

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Felicidad, que no alborozo

En mi último artículo un colega me refirió a esta tira del tito Matthew Inman, autor de The Oatmeal. Tira con la que por primera vez tratándose de dicho autor, me veo en desacuerdo.

Para los que no estén interesados en leer el tebeo, aquí va un resumen simplista: Él considera que la definición de felicidad que tenemos está incompleta y que él no es feliz, pero que eso no está mal. Afirma que sufre con lo que hace, pero se siente satisfecho con ello y por ello sigue adelante.

Y yo digo que eso ES felicidad.

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Para que conste

Me despierto otro lunes, esta vez tarde pues olvidé poner el despertador en la hora deseada. Realizo una versión atropellada de mi ritual mañanero, meto mi desayuno en la maleta con la intención de comerlo en la oficina y la esperanza de que no provoque un desastre bíblico en el trayecto y me pongo en camino a la parada de guagua. Ya en ruta me distraigo del paisaje de canales intentando, por el bien de mi aprendizaje del idioma, no por ser novelero, cazar alguna palabra de las quedas conversaciones de mis compañeros de viaje (los holandeses tienen muy arraigada la idea de que los españoles gritamos todo el tiempo, cosa que se magnifica con su costumbre de hablar bajito en lugares públicos). Entre que intuyo una conversación sobre desayunos, aunque no tengo ni idea de qué hablan en concreto, reconozco zumos de naranja, pan, café… y que reconozco mil palabras de disculpa en una conversación telefónica que definitivamente no debería estar escuchando, me doy cuenta de que llevo ya una buena temporada viviendo en Holanda, creé este blog para contar cómo era la experiencia de descubrir que levantarse para ir al curro puede ser algo apasionante y deseable y sólo lo he usado para escupir ácido sobre los que fuesen mis gobernantes.

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