Para que conste

Me despierto otro lunes, esta vez tarde pues olvidé poner el despertador en la hora deseada. Realizo una versión atropellada de mi ritual mañanero, meto mi desayuno en la maleta con la intención de comerlo en la oficina y la esperanza de que no provoque un desastre bíblico en el trayecto y me pongo en camino a la parada de guagua. Ya en ruta me distraigo del paisaje de canales intentando, por el bien de mi aprendizaje del idioma, no por ser novelero, cazar alguna palabra de las quedas conversaciones de mis compañeros de viaje (los holandeses tienen muy arraigada la idea de que los españoles gritamos todo el tiempo, cosa que se magnifica con su costumbre de hablar bajito en lugares públicos). Entre que intuyo una conversación sobre desayunos, aunque no tengo ni idea de qué hablan en concreto, reconozco zumos de naranja, pan, café… y que reconozco mil palabras de disculpa en una conversación telefónica que definitivamente no debería estar escuchando, me doy cuenta de que llevo ya una buena temporada viviendo en Holanda, creé este blog para contar cómo era la experiencia de descubrir que levantarse para ir al curro puede ser algo apasionante y deseable y sólo lo he usado para escupir ácido sobre los que fuesen mis gobernantes.

Así que aquí me hallo, deseando llegar a la oficina para acaparar el servidor de pruebas y comprobar si el trabajo que he estado haciendo durante toda la semana pasada ha servido de algo y me acuerdo de la cara de vinagre que me devolvía la mirada en el espejo antes de meterme en la ducha por las mañanas.

Resulta fácil achacar mi felicidad al hecho de que trabajo en algo que me gusta, pero ya trabajé en algo que me gustaba en el pasado, además de que también programaba en España y aunque no me sentía miserable en el trabajo, siempre tenía la sensación de arrastrar mi cuerpo hacia un sitio al que no quería ir para poner ceros en la cuenta corriente.

¿Qué ha cambiado, el país, la empresa, los compañeros? No creo que sea una cuestión de compañeros, he trabajado con gente maravillosa y respecto al país, es una mejora, aquí el pasto es definitivamente más verde (pun intended), la gente es directa sin renunciar a la educación debida, el aire es más fresco y el agua del grifo es mejor que la mayoría del agua embotellada, pero el clima es un puñetero asco la inmensa mayoría del año y eso pesa muchísimo cuando vienes de las Islas Canarias, así que aunque el país sea significativo, no es el factor determinante.

Así que nos queda la empresa. Servidor se vino a primerísimos de 2016 a Utrecht, Holanda, para trabajar en una empresa que facilita el alquiler de coches entre particulares, aportando valoraciones de la comunidad y un seguro a todo riesgo, una idea de negocio que puede parecer algo impensable en una cultura como la española, donde “las cosas de montar no  se prestan” y sobre la que ya hablaré en profundidad en otro artículo.

Y es que lo que ha cambiado mi forma de ver el levantarme para ir al curro no es “qué” es esta empresa, sino el “porqué” y el “cómo”. Y es que estos señores han decidido que, como medida para ayudar a prevenir el calentamiento global, quieren reducir el número de coches en las carreteras europeas en un millón y quieren hacerlo a base de facilitar que quien no necesita un coche a diario no tenga que comprarse uno ni alquilarlo a una empresa.

Servidor no es aficionado a la automoción, especialmente a la parte del mantenimiento del vehículo, así que disponer de un coche cerca de mi casa para usos puntuales y a un precio razonable supone una oportunidad magnífica.

Podría empezar una diatriba enorme sobre cómo mis ideales ecológicos y tecnológicos, no sólo creo que es una barbaridad lo que hacemos quemando petróleo para producir energía por su efecto medioambiental, sino que el plástico es el material por excelencia de casi todo lo que usa nuestra generación y me parece el mayor de los absurdos quemar la materia prima con la que se fabrica algo tan útil y versátil, pero no necesito ir tan lejos, creo que el primer paso aquí está en que esta es una empresa cuyos servicios uso gustosamente.

Así pues, este “primer” artículo va con la intención de compartir esta pequeña epifanía: “Si te ves arrastrando los pies a la oficina, pregúntate si realmente querrías comprar lo que tu empresa vende, si crees que la vida de los clientes mejora de modo alguno después de pasar por la caja de la que sale tu salario”. Quizá descubras que te gusta tu trabajo mucho más de lo que creías o igual te da por soltar un currículo en esa empresa cuyos productos o servicios usas regularmente. Incluso si decides no hacer nada al respecto, sentarse de vez en cuando a analizar cómo y porqués sin preocuparse tanto por el qué puede llegar a poner una sonrisa en la cara que te devuelve la mirada en el espejo los lunes por la mañana.

Te invito a ser feliz, pero sólo si te da la real gana, yo no obligo a nadie, me limito a señalar que sí, que se puede.

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1 comentario en “Para que conste”

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