Felicidad, que no alborozo

En mi último artículo un colega me refirió a esta tira del tito Matthew Inman, autor de The Oatmeal. Tira con la que por primera vez tratándose de dicho autor, me veo en desacuerdo.

Para los que no estén interesados en leer el tebeo, aquí va un resumen simplista: Él considera que la definición de felicidad que tenemos está incompleta y que él no es feliz, pero que eso no está mal. Afirma que sufre con lo que hace, pero se siente satisfecho con ello y por ello sigue adelante.

Y yo digo que eso ES felicidad.

Es mucho más fácil afirmar eso en castellano, puesto que para la rae es grata satisfacción espiritual y física y este señor insiste en que él está satisfecho en ambos sentidos, pero es que las diferentes acepciones del término en lengua inglesa van un paso más allá: Habla de conformidad, de voluntariedad y de contentarse.

Ojo que no voy con la intención de meterme a discutir si este señor tiene razón o no por el mero hecho de llevarle la contraria y tener la razón yo. Lo que pretendo es aclarar que cuando animo a la gente a ser feliz desde el auto asignado púlpito que es este blog, no os estoy necesariamente animando a llevar una flor en el culo todo el día, a sonreír a todo el que se te cruce y a ver el lado positivo de cada cosa.

Sería hipócrita hacerlo, yo no lo hago, de hecho, me siento identificado con el señor Inman, el mismo día que escribí mi anterior artículo me tuve que quedar hasta las diez de la noche en la oficina, pues encontré un error que nos estaba haciendo perder muchísimo negocio cuando ya llevaba una hora de más en la oficina y todos los demás se habían marchado. Fue tedioso y fui víctima de otra serie de errores de esos que nunca tenemos tiempo de arreglar, puesto que siempre hay cincuenta nuevas funcionalidades que desarrollar, que me dificultaban encontrar el lugar exacto en el que cazar al muy cerdo. Maldije, mencioné a santos de cuya santidad dudo y dediqué algunas palabras a un dios en el que no creo, me levanté a pasear histérico por la habitación, resoplé como un caballo y grité a viva voz que era imposible, que nada de lo que tenía delante estaba mal, aun sabiendo que era mentira, que algo tenía que estar mal. Hice todo eso, porque mi trabajo me hace feliz.

Hay muchas más cosas en mi vida que me hacen feliz, muchas de forma similar a  mi trabajo: Me encanta enseñar a mis perras a hacer cosas, tres animales tozudos que con frecuencia encuentran la manera de hacer casi exactamente lo que quiero, quedando fuera de ese casi la parte que más me interesa de todo el ejercicio. Me gustan “Canción de Hielo y Fuego” y “Breaking Bad”, historias en las que no le ocurre nada bueno a nadie.

Otras me hacen feliz y me conducen a una jovialidad desatada que adoro no poder controlar: tengo dos enanos encerrados en el vientre de mi señora y cada vez que noto que dan una patada se me pone tal sonrisa de idiota que dan ganas de abofetearme, me encanta comer, por supuesto el sexo y me vuelvo idiota cuando mi mujer me sonríe.

La felicidad es un estado de bienestar que cada uno entiende un poco como le viene en gana, pero hay un pequeño resquicio de uniformidad en el concepto: es lo que te mueve. Si te parece que es un motivo para sacar tus huesos de la cama, probablemente sea algo que te hace feliz. Quizá te haga feliz no salir de la poltrona y eso está bien de vez en cuando, pero la vida es cambio, evolución y movimiento, si por la mañana sientes la imperiosa necesidad de fruncir el ceño de camino al trabajo, si las comisuras de tus labios se tuercen hacia abajo cuando en la oficina te recibe un problemón que tiene a todo el personal corriendo como pollos sin cabeza y lo único que piensas es “hagámoslo”, eres feliz. Y si alguien con una sonrisa de oreja a oreja con una taza que pone: “No soy persona hasta mi segundo café” te dice que tienes que sonreír más en lugar de ser un infeliz, siéntete libre de mandarlo a tomar por donde no alumbra el sol y muéstrale tu mejor sonrisa mientras lo haces, no serás más feliz, pero igual le darás algo en qué pensar.

Lo dicho: hazlo a tu manera, pero hazlo.

O no, según te de la gana, pero si decides buscar un camino, que sepas que haberlos, los hay, a montones.

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