A ras de suelo, literalmente

Esta historia no empieza con el despertador sonando, de hecho, ni siquiera tuvo lugar un lunes sino todo lo contrario, un viernes por la noche.

Para todos aquellos que tengáis planeado engañar a vuestra pareja para que madure vuestra prole nueve meses en su vientre o aquellos en los que la interesada sea ella debéis saber un detalle muy importante:

Un hombre con su mujer embarazada al lado se vuelve tonto.

Muy tonto.

Subnormal profundo.

La cosa viene a guardar similitud con tener una borrachera considerable y enfrentarse al problema de preparar la cena con el contenido de la nevera y despensa cuando uno es estudiante: Cosas que normalmente descartarías de inmediato por excesivamente arriesgadas o directamente contraproducentes, de pronto parecen buena idea.

Como ya sabéis los que vivís en tierra de canales, aquí el invierno se deja entrever un rato durante las primeras semanas del otoño, así que si en una de esas semanas te subes a la guagua cuando aún brilla el sol y te bajas cuando es de noche uno de los más hermosos hábitos de la lengua castellana aflorará: la blasfemia.

– Hostia, pero qué puto frío. – Suelta mi señora con gracia y guapura.

La reacción típica de todo marido es hacer inventario de prendas de abrigo y determinar de qué puedes prescindir para que ella no pase frío. Luego lo ofreces, ella lo rechaza y tiráis y aflojáis un poco la cuerda hasta que ella o cede, porque realmente necesita el abrigo o se niega porque ve que igual te pones malo tú. Para una mujer sensata es preferible sufrir la gripe a convivir con la criatura lastimosa y superdependiente en la que se convierte un marido resfriado.

Con una mujer embarazada al lado la cosa se mueve hacia el extremo y las ideas de alto riesgo y bajo beneficio ahora parecen salir a cuenta, me explico: Frente a nuestra casa hay un pequeño jardín que nuestros vecinos consideran descuidados y que yo insisto en considerar una naturaleza muerta. La línea entre el pedregal en cuestión y la acera está marcada por una pequeña valla de madera, por pequeña entiéndanse unos quince centímetros de altura. La dirección desde la que venimos hace que haya que pasar frente a toda la valla para luego tomar el pequeño camino hacia la puerta. Así que nos queda un triángulo, siendo los dos lados en ángulo recto la valla y el camino y el otro la diagonal del jardín. De este modo, si una persona sigue la ruta normal (la de los catetos) y otra toma la recta (o hipotenusa), la segunda llegaría antes, pudiendo así abrir la puerta con unos segundos de antelación a la llegada de la primera y evitándole unos segundos de frío holandés.

La idea en sí es bastante mala y floja, pero si eso añades el retraso mental añadido a la psique del marido de señora preñada, tienes que tardas en fraguarla lo que tardas en cruzar todo el jardín, habiendo una ganancia casi nula.

Y como estoy tonto, tonto como un idiota que se hubiera tomado un batido de imbecilidad con grumos de estupidez y unos trocitos de ineptitud, la idea me pareció factible y deseable.

Así que corro para dar el salto absolutamente innecesario para saltar la valla, pierdo tracción en el último momento y tropiezo con la madera que inicia un movimiento rotatorio de mi cuerpo que empieza a hacerme abandonar la verticalidad con velocidad angular suficiente para alcanzar la horizontalidad en el mismo instante en el que la gravedad me pusiera donde me corresponde.

Que vi venir el planchazo que me iba a dar contra el suelo, ea.

Uno tuvo unos añitos de entrenamiento en un tatami que sirvieron para algo y los reflejos entrenados que para mi sorpresa y sumo agrado, seguían ahí, hicieron lo suyo. Piernas arriba y cadera hacia delante para no impactar con las rodillas, cabeza arriba para evitar besar el suelo y antebrazos semiflexionados frente al cuerpo con los hombros hacia delante para absorber el impacto.

El asunto surtió efecto, no me he roto ningún diente y no impacté con las rodillas, así que tampoco me condené a sufrirlas durante semanas, pero aún así fue un trastazo espectacular. He estado sintiendo un dolor similar a aquel que se siente cuando uno se pasa de bruto haciendo flexiones, hombros y antebrazos constantemente doloridos, pero de forma leve.

No tenía intención de mandar ningún mensaje, sólo contaros que me he dado una galleta, pero si tenéis ocasión de hacer algún curso de defensa personal u os apuntáis a algún arte marcial, que os enseñen a caer de frente. No es muy útil en una pelea, pero a mí me ha salvado de las consecuencias de una de las decisiones más estúpidas que he tomado en los últimos años.

Y no sé a vosotros, pero a mí lo de hacer el cafre terminal y sobrevivir a ello me ha venido bastante bien.

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8 comentarios en “A ras de suelo, literalmente”

  1. Y hay algo para aprender a caer desde la bici? Porque llevo un morado interesante en el muslo consecuencia del guarrazo que me dí al patinar con la bici y una hoja otoñal de esas que adornan el paisaje….podría haber sido peor, no iba muy rápido porque estaba con la orejas (de camino a tu pueblo)…si llego a ir sola y a velocidad normal no quiero imaginar como llevaría la pierna

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    1. En principio, si te enseñan a caer en todas direcciones debería ayudarte con eso. De todos modos, el guarrazo no te lo quita nadie a no ser que seas un maestro del equilibrio (como los maestros de Aikido o Ninjitsu), que generalmente ruedan limpiamente en cualquier dirección.

      La idea es que si te caes a tres veces la velocidad a la que ibas, sólo te hagas el morado que tienes ahora.

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  2. Yo recuerdo con cariño los tiempos en los que vivía a una distancia caminable de la oficina (unos 6 kilómetros) y, todos los días, hacía el paseíto, feliz como una perdiz, hasta que la mierda blanca (los románticos lo llaman “nieve”, pero es mierda blanca, que no os engañen) hizo su aparición en un par de inviernos y lo de los costalazos de lado, cayendo con todo el peso de tu cuerpo sobre tu brazo y tu hombro, conseguían que todo el cuerpo entrara en calor, gracias en gran parte al cabreo supremo que me pillaba cada vez que sucedía y que, en una ocasión, acabó con el abajo firmante, berreando, como si fuera un Tercio invadiendo Flandes, nombrando la ociosa madre que echó al mundo al creador de la mierda blanca, junto con todos sus familiares (el show fue glorioso, pero el puteo fue legendario).

    Hoy en día, aburguesado quizás, más viejo sin duda, con eso de que vivo donde Dios perdió las llaves, utilizo el vehículo automóvil, así que los riesgos de guarrazo de calidad con puntos de estilo por tirabuzón doble ya son escasos…

    Pero tranquilo, que el que tuvo retuvo: algún día volveré a mis fueros y daré un recital digno de mis más gloriosas demostraciones de las leyes de las gravitación universal.

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    1. Pues sí que has dado un repaso, sí.

      No veas lo bien que se lo pasan familiares y amigos con la historia de que te metes una galleta. Le comenté a mi señora que este artículo ha sido un éxito el primer día y me dice: “Puede que yo haya tenido algo que ver, me hizo tanta gracia recordar la hostia que te diste que lo pasé un poquito”.

      “Fimilii y imigis…”

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    2. Paquito yo de esas también he tenido…recuerdo una mañana sacando a Veda a su pipí de medio minuto antes de irme al trabajo….salí a la calle principal con ella, bajé un pie de la acera a la carretera empedrada y….bueno en realidad no sé como pero acabé como una cucaracha con las patas hacia arriba. Un par de transeuntes en sus bicis se apiadaron de mí y pararon sus bicis para venir a ayudarme….pero tal como yo estaba, y como ellos venían, Veda decidió que no se me iba a acercar nadie….y los mantuvo a raya. Mira que mi perrina era bien sociable y le gustaba más un mimo de quién fuese que a un tonto un lápiz, pero justo en ese momento decidió que hasta que su mami no estuviese en una posición más digna, o hasta que yo diese una orden, a mí no se me iban a acercar…..

      Y no había nieve en el suelo…solo la capita esta traicionera de agua semi congelada que casi no se ve hasta que la tienes a la altura de la nariz (osea, cuando ya te diste el guarrazo)

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