Ya vienen

Suena un poco a título de película de terror, pero estoy hablando de mis enanos: ya vienen.

La tontería empieza con que me he topado con una cuenta atrás para la llegada de Santa Claus, no confundir con el Sinter Klaas holandés, que viene veinte días antes cargado de regalos y divertidos ayudantes que no personifican ningún tópico racista que sepamos.

El asunto es que el veinticinco de diciembre es también la fecha en la que estimamos que nuestros enanos tendrán a bien venir al mundo a traer algarabía y jolgorio a mis padre y suegros y muchas horas de dar por culo a mi señora y a mí entre grandes cantidades de comer, defecar y dormir.

Dicho esto y dada mi tendencia a satirizar las cosas mostrando una cara fea y ácida de los acontecimientos, además de que mi familia lee el blog y va a parecer que son niños no deseados, voy a hacer un sumario de qué ha provocado que mi prole esté en camino y qué ha ido suponiendo para mí y para mi señora (Churri en adelante) la inminente llegada de nuestra descendencia (Phobos el que nacerá primero, Deimos el segundo).

Empecemos por el principio de los orígenes allá por el comienzo: Mentira, voy a dar un rodeo del quince, lo de ir al grano no es compatible conmigo.

Poca cosa me suele dar más por saco que un niño maleducado con unos padres que no se avergüenzan de ello. Servidor es un tío consecuente y aunque no guste de tener enanos sin educación dando por saco a mi alrededor, puedo entender que no todo el mundo tiene la capacidad de poner en su sitio a un crío rebelde ni la posibilidad de llamar a César Millán para que le eche una mano, pero no soporto que un niño decida dar una patada a un perro adorable que no le ha hecho nada, que insulte a otro niño o a un adulto o cualquier otro tipo de comportamiento que demuestre que el crío no entiende lo de vivir en sociedad y que a sus padres no se les caiga la cara de vergüenza en respuesta.

Por ello me parece fabuloso que existan hoteles donde no se pueden llevar niños. Me parece fabuloso que una persona quiera pasar un fin de semana tumbada en la piscina sin aguantar a críos a los que les falta educación hasta el punto de que uno se plantea si a esas altura lo que necesitan es un exorcista. Y lo digo sabiendo que me vienen dos y que es posible que la cosa se me vaya de las manos, defendía esos hoteles antes de tener niños en camino porque entiendo que las personas que van a ellos pueden incluso ser matrimonios con niños rebeldes que necesitan un fin de semana “de adultos”. Los sigo defendiendo, me considero una persona consecuente y entiendo la situación.

Dicho todo esto y dada la tendencia de muchos padres a suponer que saben todo lo que hay que saber en el universo de cualquier tema que involucre a un niño, cada vez que en presencia familiar me cansaba del descontrol que había por uno u otro niño maleducado, mis familiares tendían a salir a defenderlos con el absurdo argumento de autoridad de siempre: “Eso lo dices porque no quieres tener niños, si los tuvieras, lo entenderías”. Como siempre parecían cargados con la verdad, servidor les dejaba creer que no quería tenerlos porque aquello parecía zanjar un debate que probablemente se extendería hasta el infinito.

Por el lado de la Churri la cosa es más sencilla: Ella no quería tener niños.

Hubo unos cuantos intentos de asedio por ambas partes para conseguir que cediéramos, pero ninguno como el que llevó a cabo mi suegro tras la boda. Un día se sube en mi coche y antes de que pueda abrir la boca me suelta: “¿Cuándo vas a dejar embarazada a mi hija?”. Esto teniendo nosotros decidido ya eliminar las medidas anticonceptivas, aunque no lo habíamos dicho. Fueron unos meses interesantes de: “A ver si sirves para algo y me haces un nieto” y comentarios cariñosos similares.

Así que la noticia de que vamos a tener enanos ha sentado espectacularmente en ambas familias: El niño/la niña que no quería tener hijos ahora va a tener dos.

Que esa es otra, la mayoría de maridos se pueden quejar de no ganar una discusión con su mujer, yo vine a ganar una de las que más importaban: Ella no quería niños, yo quería dos, así que acordamos tener uno. Todo fue cuestión de alinear el tiro y me salí con la mía.

El segundo momento clave fue la revelación. Durante los primeros meses del proceso de movernos a Holanda solía ver a la Churri unos días al mes. Un mes después de una visita para nuestro aniversario de boda, descubro que debimos celebrar correctamente: Me encuentro en la oficina un día de mayo concentrado como un bote de Fairy y mi mujer me pregunta por Telegram por sus regalos de reyes, afirmando que adivina uno. Me encuentro preguntándome cómo coño puede adivinarlo, si yo aún no los sé (cosa posible, pues siempre adivina sus regalos, la muy hija de mi suegra), cuando me manda una foto de un test de embarazo en positivo, seguida de otra foto de otro test de embarazo, de otra marca, con el resultado positivo. Aún estoy encajándolo cuando me llega otro más, de otra marca, también en positivo. Mi Churri se asegura muy bien de las cosas.

Pasado ese trance inicial, el siguiente gran momento es que mi mujer, persona honesta, decidió contar en su médico que tenía intención de moverse a Holanda, así que la seguridad social, nunca habiendo tenido SS por acrónimo de forma más acertada, se niega a hacerle una eco. Si os preguntáis como resolvimos el problema: No lo hicimos, tuvimos que acudir a la sanidad privada.

También estuvo interesante el momento en el que mi mujer me llama tras esa primera eco para informarme de que LOS fetos están bien, los dos, ambos ellos uno y otro. Lo que implica que servidor va a tener ocasión de elegir un nombre (parte del compromiso adquirido para que cediera implicaba que ella ponía nombre al enano en cuestión).

A consecuencia de tener dos tuve el lujo de llamar a mi suegro para aclararle que sí que sirvo para algo y que cuando hago algo, lo hago bien. Genial su respuesta por otro lado, algo en las líneas de: “Sí sí, ya veo, tú cuando disparas, que sea con escopeta de repetición, ¿no?”.

Después de eso, creo que pasamos al hito de la primera patada. Estamos en una droguería (no, no donde venden droga, que de eso también hay en holanda) y mi mujer me agarra las manos corriendo y las pone en su vientre, antes de que pueda razonar qué está pasando, Phobos me arrea una patada en una mano y Deimos en la otra. Me pongo a flipar con gritos a viva voz y mi mujer se queja, con toda la razón del mundo, que estoy montando un espectáculo. Huelga decir que me la peló profundamente y seguí dando la nota lo que me duró el subidón inicial.

A falta de un mes para tenerlos a la vista, lo que excluye cosas como el propio alumbramiento, creo que sólo me quedan dos grandes momentos que señalar.

En la trigésimo primera semana un bebé gestándose el sólo debería pesar unos mil setecientos gramos, mis campeones pesan dos mil doscientos (Phobos) y dos mil (Deimos) gramos. Será una tontería, pero no han nacido y ha habían hecho algo que me hacía sentir orgulloso, aunque sea ser grande del carajo y traer de cabeza a su madre con los dolores de espalda.

Y ahora viene el momento cumbre, os he dado la brasa con todo el tema sólo para hacer preámbulo para lo más grande. No sé hacia dónde tirarán cuando salgan del vientre de su madre pero, de momento, a mis enanos les va el metal.

Y no cualquier cosa: Opeth, nada menos.

Estábamos en un concierto de esta gran banda y mi mujer, como aquel primer día en el Kruidvat en el que sentí las primeras patadas, me toma la mano y me la pone sobre su vientre para que pudiera notar como ambos estaban dando patadas al ritmo de la canción.

Y no con una balada ligera que también son características de la banda, no, con nada menos que Demon on the fall. Tralla, a mis hijos les mola la tralla. Obviamente, sus nombre reales no son Phobos y Deimos, pero os aseguro que son nombres igual de poderosos.

Algún día puede que mis hijos me pregunten si estoy orgulloso de ellos. Hoy, a un mes de que nazcan, os puedo decir que mucho tienen que joderla para que mi respuesta no sea: Hijos, ya lo estaba antes de vuestro nacimiento.

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7 comentarios en “Ya vienen”

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