La fuente de la sabiduría (con perdón de Internet)

Suena el despertador y aunque tengo ganas de quedarme un poco más en la cama, en lugar de aplazarlo, me pongo en marcha de inmediato, apagándolo y encendiendo la luz. Lo hago porque cualquier experto en sueño con el que hables te explicará que si te quedas diez minutos más en la cama no sólo no vas a ganar nada, sino que la cadena de procesos químicos que tiene que ocurrir en tu cerebro para que te despiertes se creerá que tu “segundo despertar” también va a ser un intento fallido y optará por no ocurrir.

Me ducho, me visto, saco a los chuchos y desayuno, siempre en ese orden. Lo hago porque miles de expertos en productividad te dirán que lo más intelectualmente agotador de cualquier trabajo es la toma de decisiones y que la rutina te ayuda a reducir el número de decisiones que tomas hasta llegar a la oficina.

Salgo a casa justo a tiempo para ver cómo pasa la guagua que me permitiría tomar el tren con cierta holgura, provocando que tenga que esperar diez minutos a la intemperie y que si hay retraso pueda perder el tren. Esto lo hago porque soy imbécil.

A veces en el tren escribo un poco, ya sea ficción o para este blog y lo hago siempre intentando evitar los tacos. Fuera de mis textos soy un malhablado, pero cuando escribo, evito los tacos porque los expertos insisten en que distraen del mensaje cuando el mensaje no es el taco en sí.

El viaje en sí me hace llegar a la oficina con cuarenta minutos de antelación y al cierre suelo salir cuarenta minutos antes. Esto lo hago para poder tomar los trenes fuera de hora punta, eso me evita retrasos y aglomeraciones, reduciendo el tiempo de viaje de casi dos horas a una hora y cuarto y permitiéndome ir sentado, muchas veces sin nadie al lado, frente a ir de pie y apretujado todo el viaje. Esto viene de la amarga experiencia.

 Trabajo con un sistema de control de versiones porque personas que saben más que yo lo desarrollaron y después de probarlo entendí que trabajar sin ello es un suicidio.

En una secuencia tipo “borra los usuarios que tengan un correo inválido”, es conveniente escribir la parte del correo inválido primero, no vayas a darle por accidente cuando tengas escrito “borra los usuarios”. Os dejo elegir: Amarga experiencia o estupidez, muchas veces convergen.

Tiempo atrás, como aprendiz en el mundo de las artes marciales, descubrí que las veces que estás “a puntito” de pillar despistado al que lleva años entrenando en realidad estás tan bajo control como cuando estás en el suelo mordiendo el polvo. Aprendí que la experiencia de esa persona pesaba más que mi… mi peso, de hecho.

Como padre, la matrona me explicó que cuando cambias a tus hijos tienes que colocarte o colocarlo a él de forma que su pene no te apunte. Eso es una lección dos veces impartida, me la enseñó el experto y me la recordó la experiencia.

Puedo seguir, voy a seguir.

De mis maestros marciales aprendí a caer sin hacerme daño, nunca me he roto un hueso a pesar de haber tenido cuantiosas caídas y aparatosas todas ellas.

Por pura estupidez aprendí que si tu mujer te dice que hagas lo que quieras, deberías pensar en qué quiere ella que hagas.

 En los días en los que trabajaba de seguridad en el mundo de la noche (sí, era Batman, pero más guapo), la experiencia tomó como vehículo la mano abierta de un caballero con dos copas de más y aparcó en mi cara para recordarme que nunca, nunca, nunca hay que bajar la guardia.

Meses más tarde, la experiencia volvió a tomar prestado otro medio de transporte, esta vez la pierna de una compañera de dojo y tengo un diente roto que me recuerda que tampoco hay que subirla demasiado.

Aprendí que tener la prioridad en un cruce no significa que el otro no se te vaya a meter delante tras casi embestir otro vehículo.

Que hay que cambiar los neumáticos cuando el dibujo empieza a desgastarse, lo aprendí con un trompo de quinientos cuarenta grados (vuelta y media) en el que por suerte no hubo heridos ni daños materiales.

Pero también supe que hay que tener un cuidado extremo al conducir en suelo mojado o helado por las palabras de mi viejo y siempre frené con espacio suficiente en esas situaciones.

Fue mi profesor de autoescuela, Víctor, quien me dio un susto de muerte gritándome al oído para que desarrollara el reflejo de mirar el retrovisor cada vez que vaya a modificar mi velocidad o trayectoria, eso me evitó algún percance también.

Fue mi mujer la que me enseñó que si sabes hacer algo que te llena y que tiene valor para otros, no debes dudar en hacer de ello tu oficio.

Aprendí de un viejo amigo que no importa cuánto odies un trabajo, debes tener otro amarrado antes de dejar el actual.

Fue un instructor de tiro el que me dijo que hay que tratar un arma como si siempre estuviese cargada.

No he hecho fracasar ningún proyecto de software porque tuve un gran mentor que supo explicarme por qué una buena arquitectura siguiendo unos patrones y principios de eficacia probada es importante.

Fueron los ridículos que pasé de crío los que me enseñaron a no hablar sin saber. Aunque luego fue un maestro, Chema, el que me enseñó que no basta con no hablar cuando no se sabe, hay que aprender lo que no se supo en su momento.

Al final, uno no puede más que concluir que sólo se aprende de dos formas: Escuchando a aquel que sabe o sufriendo.

Por último adquirí la fuente de la sabiduría: Aprendí a preguntar. Busca a aquel que sabe del tema y pregunta. No cuesta nada y a la gente le encanta decirte cómo tienes que hacer las cosas. ¿Cuántas veces no hemos metido la pata y al contarlo a alguien más veterano nos ha dicho que es un típico error de novato? Muchas de esas veces, sólo con haber preguntado o con haber leído un manual, nos podríamos haber ahorrado el guarrazo contra el muro.

Que claro, igual en vez de hacerme caso, prefieres romperte los morros contra el suelo. Eres libre de hacerlo, pero yo lo he hecho y duele.

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4 comentarios en “La fuente de la sabiduría (con perdón de Internet)”

  1. Tu también coges el tren antes de las 6.30 y antes de las 16.00? Si es así, fijo casi nos cruzamos por la estación! (pero yo voy con los ojos pegados, así que no te vería ni aún teniendoté delante!

    Por cierto, yo también soy de rutinas mañaneras….te dejo un par de entradas sobre el tema:

    http://pelochalivingabroad.blogspot.nl/2013/04/por-las-mananas.html
    http://pelochalivingabroad.blogspot.nl/2015/09/mornings-person-euuu-nop.html

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    1. No, no es el caso, yo vengo a llegar a la estación entre las siete y diez y siete y veinte, dependiendo de si pierdo la guagua de la que hablo en el artículo. Para volver, lo mismo, salgo del curro a las cuatro y algo. No, no creo que coincidamos.

      Madre, estar en el tren a las seis y media, me dan escalofríos de pensarlo.

      Los artículos, en un ratete.

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  2. Por el amor del spaguetti monster: dime que utilizas GIT :-))

    Es una batalla que tengo perdida en estos lares, pero he visto más de 100 veces “Inception” y soy experto en introducir ideas en las cabezas…

    Aprender de los errores ajenos evita muchas cosas: sería curioso escribir sobre mi rutina de vida… Creo que una vez lo hice, al menos un domingo:

    http://paquito4ever.blogspot.com/2016/03/un-domingo-cualquiera.html

    Espero que te haga sonreír :-))

    Y si tu eres malhablado, créeme: dime que uno de mis componentes ha sufrido un retraso o hay errores en la fase de integración y oirás el sonido del averno en Dolby 7.1 (yo soy más de THX, pero tampoco me voy a poner exquisito).

    Un abrazo,

    Paquito.

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    1. Utilizamos TFS, aunque personalmente soy más de GIT he de admitir que se nota muchísimo la ventaja de trabajar completamente en el mismo IDE, desde el backlog hasta el merge.

      Pero si te refieres a el uso de control de versiones, no concibo el desarrollo de software sin ello.

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