Menos innovar, innovador

Me veo una tarde con mi señora calzando capítulos de series entre toma y toma de los enanos cuando me encuentro con algo deliciosamente inesperado: Into the badlands.

Para los que no la conozcáis, es una serie muy al estilo Hong Kong Blood Opera, pero sin armas de fuego, ambientado en un futuro en el que se han perdido los avances tecnológicos y a falta de armas de fuego para practicar el entretenimiento favorito de la humanidad, la gente se mata a sablazos. La historia transcurre en una zona llamada Badlands, que se divide en territorios dirigidos por barones y que inexplicablemente no se llaman baronazgos.

En dicha serie se reparten más galletas que en un comedor infantil. Tiene algo así como una trama, se ve que hay un esfuerzo en contar algo como que hay una guerra de poder y venganzas ocultas y traiciones y dobles traiciones, pero al final el tema va de dar tortas como panes. Totalmente en serio, en alguna ocasión van a tener una charla amistosa, se crujen por un malentendido cogido con pinzas y luego hablan de las ensaladas de guantazos que van a repartir la semana que viene.

Para que luego haya un giro argumental y repartan castañazos al día siguiente.

La cosa es que me hallo yo entre semejante festival de bofetada a mano abierta, saltos al más puro estilo de la casa de las dagas voladoras y tajos dados con gracia pero con suficiente fuerza para partir el torso de un ser humano adulto, cuando entre una vez en la que se daban de leches y otra en la que se daban de sopapos (empieza a ser complicado encontrar nuevos sinónimos) se van el protagonista y su aprendiz a entrenar.

Y allí están haciendo la transferencia (de conocimiento y de energía cinética) cuando el maestro, después de un golpe que deja al aprendiz tumbado panza arriba le suelta: “You need to learn to make the unexpected move”. Para los no adeptos en la lengua de Shakespeare: “Debes aprender a hacer movimientos inesperados”. Y esto me hizo chirriar un pelín los dientes.

¿Por qué? Se preguntará el que no haya tenido experiencia en el campo de agredirse amistosa o enemistosamente con otro ser humano, porque lo de tomar a tu oponente desprevenido suena muy bien, suena a que es la cosa más astuta que se puede hacer.

Pues bien, si por inesperado nos referimos a tomar al rival dormido en la cama o simplemente de espaldas y relajado, sí, pero una vez ha empezado la tollina, ser impredecible no tiene valor alguno. Esto es debido a que si un oponente baja la guardia, lo más predecible es arrearle en la cara y esto es lo más predecible porque es lo más rápido y eficaz, y cualquier otra cosa que hagas te expondrá a que tu oponente haga lo más predecible, lo cual probablemente acabe contigo recibiendo un zarpazo que cualquier observador, incluido tú, podría haber previsto.

El ser humano ha tenido interés en hacer daño a otros seres humanos desde su mismo origen y es un tema en el que se ha avanzado muchísimo. Es perfectamente posible innovar, pero si uno intenta innovar sin conocer las bases, si no se ha aprovechado de todo ese conocimiento acumulado y entiende qué es de esperar en una lucha y por qué; lo más probable es que tu innovación sea un movimiento que ya ha sido creado por muchos otros y descartado de forma dolorosa.

Decía Tolkien del propio Señor de los anillos que la historia en sí no era original, que partía de cuanto había leído. Del humus de la mente en forma de semillas que crecen en la oscuridad de la memoria. Para los amantes del maestro, dejo la cita original:

“One writes such a story not out of the leaves of trees still to be observed, nor by means of botany and soil-science; but it grows like a seed in the dark out of the leaf-mould of mind: out of all that has been seen or thought or read, that has long ago been forgotten, descending into the deeps. No doubt there is much selection, as with a gardener: what one throws on one’s personal compost-heap; and my mould is evidently made largely of linguistic matter.”

Y a esto voy, el autor de la que conocemos como la primera gran obra de literatura fantástica de nuestro tiempo, innovaba sobre lo que ya conocemos. Con nuestra reciente cultura de innovación, en la que parece que lo que no es nuevo y disruptivo no tiene valor alguno a la hora de avanzar. Es muy fácil pensar que no se puede progresar sin romper con lo establecido.

Hay que recordar que la mayoría de nuestros pasos ya fueron dados por otros antes en direcciones y contextos parecidos y hay una experiencia y un conocimiento extremadamente valiosos que aprender de esos otros. Cuando veamos a un pionero, intentemos fijarnos con atención para entender sobre qué cimientos construyó sus castillos en el aire.

Personalmente fui víctima de este error y mi primera novela, un trabajo en el que buscaba romper y hacer algo diferente es una novela fantástica totalmente al uso. No nos equivoquemos, aunque la novela tuviera escaso o nulo éxito comercial, estoy encantado con lo que escribí y llegué a conocer a un lector que no era ni familia ni amigo ni de la misma isla. De hecho, el libro fue comprado en Madrid por el suegro del susodicho.

Volviendo al tema principal, que me despisto con facilidad. Hoy día, con la madurez que dan los tollinazos (mira que hay palabras para darse un golpe, no me faltan sinónimos) contra el suelo y el enfrentarse al estrés de tener que descubrir cómo ser padre de dos niños antes de haber descubierto cómo va lo de ser adulto, me doy cuenta de algo: Si hubiese puesto los pies en la tierra y hubiese empezado haciendo lo que todo el mundo hace, probablemente habría sacado mejor partido a la trama y personajes de mi novela. Quería innovar, quería rizar el rizo y en realidad no era ni siquiera necesario hacerlo. La energía invertida en ir un paso más allá podría haber sido utilizada en entender por qué los que ya son maestros hacen lo que hacen como lo hacen.

No es arrepentimiento ni remordimiento, los hechos que acabo de contar son parte de mi crecimiento como persona y como escritor aficionado y estoy satisfecho con ello.

He aprendido la lección: La innovación debe surgir como una necesidad. Conoce el terreno en el que te metes, entérate de quién manda ahí y por qué. Encuentra tu centro en ese terreno, conoce el entorno y empieza a hacer lo tuyo. Si sigues estos pasos, tarde o temprano llegarás a la frontera y tendrás que cruzarla, en ese momento, si realmente eres un innovador, la cruzarás sin importar cómo de alto sea el muro.

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2 comentarios en “Menos innovar, innovador”

  1. Puede ser peor: puedes coger todas las isletas de tu departamento y darles nombres de series:

    Los mánagers: “Game of Thrones”.
    Los curritos: “The Big Bang Theory”.
    Los chicos de soporte funcional: “The IT Crowd”.
    Los consultores de it: “Friends”
    Los desarrolladores externos: “Fraggel Rock”
    Los directores: “House of Cards”.
    Mi equipo: “Silicon Valley” (obviamente yo soy Erlich Bachman: está clarísimo).

    Algunos se quedaron en lo pintoresco de los nombres: sólo una persona consiguió ver la verdad en cada uno de los nombres…

    Así es como uno crea su propia realidad: nunca dejes que la realidad te fastidie un buen chiste :-))

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