El sentido de la vida

Me despierta el llanto de Deimos. Tranquilo, no demasiado exigente, me hace saber que se encuentra incómodo, mientras le cambio el pañal, Phobos despierta hambriento. Razonable como corresponde a un bebé de cuatro meses, empieza a llorar desconsolado porque tiene hambre y el biberón no aparece inmediatamente en su boca por arte de magia. La churri se activa como un autómata y el zumbido del microondas calentando los biberones ocurre unos segundos después.

— Hmmrflnosdías. — Comenta cariñosamente.

Se acerca a la cuna en la que Phobos berrea a moco tendido y al ver a la omnipotente mamá, la fábrica de llantos aplaca su producción y empieza a reírse.

El pitido del microondas coincide con el fin del cambio y me pongo a hacer la mezcla, la madre cambia a Phobos en la cuna, así, sin cambiador ni nada, es una valiente.

Son las ocho y media de la mañana de un domingo cualquiera cuando terminan de comer. Decidimos ponernos en marcha para aprovechar bien el día y cuando nos damos cuenta nos estamos despertando a las diez sin saber muy bien cómo hemos vuelto a la cama.

Decidimos salir a desayunar a un local cercano que vemos al pasar con la guagua de camino al centro o de vuelta. El sitio parece estar muy bien acondicionado para niños así que, por puro interés científico, Deimos hace fuerza y crea una singularidad de masa infinita en su pañal, comprobando en consecuencia que no tienen cambiador de bebés.

Eso sí, un café excelente y un zumo de naranja que tiene que estar hecho con naranjas del naranjo cero, la madre de todos los naranjos. Lo último porque era un miserable vaso del Hema (IKEA, pero en barato, si cabe) un poco más grande que un chupito y costaba tres cuartos del precio de un bocadillo de salmón.

Total, decepción leve con el sitio, pero nada del otro mundo. Saliendo me cuenta mi señora que hay una tienda de una marca de ropa que le gusta en Haarlem, Amsterdam y que si vamos. Pues oiga, que estamos de domingo vago y no hay nada que hacer, así que tiramos tras comprobar que el sitio realmente está abierto cortesía del gran hermano Google que todo lo sabe.

Tomamos una guagua a la estación, un tren a Amsterdam y otra guagua a Haarlem que nos sale más cara que el resto del viaje junto. Una vez allí y de camino a la tienda nos encontramos una tienda que podría definir como “el corte vintage”, esencialmente una tienda compuesta de tiendas, pero todas de segunda mano. Lo que viene a ser un montón de basura que no me llevaría a casa ni aunque fuese gratis y nuevo.

Vendían una cinta de Julio Iglesias.

A lo largo del camino, hablamos de cosas de las que suelen hablar parejas casadas con hijos: Si comprar una casa o no, flecos de la educación de los enanos que quedan por decidir, en casa de qué padres celebrar la navidad…

Cruzamos un callejón en el que apenas pasa el Hummer. Tenemos un carro excepcionalmente grande incluso para ser un carro de gemelos que nos aporta horas incontables de entretenimiento maligno: Es divertidísimo ofenderse porque los sitios no tienen espacio suficiente para pasar con el carro cuando es comprensible que un local no tenga en cuenta la posibilidad de que semejante monstruosidad exista.

Cuando llegamos a la tienda, resulta que era una tienda que se llama igual que la marca española que le gusta a mi señora, pero que no tiene absolutamente nada que ver y que evidentemente, no vende lo que ella busca.

Intentando no dejarnos llevar por el desánimo, seguimos charlando camino a una cafetería en la que dar el biberón a los monstruitos.

Una vez en la cafetería, con un café excelente entre manos y con los enanos succionando los biberones como sendas ordeñadoras industriales, nos planteamos un lugar al que ir a comer.

El dueño indudable de toda la información que te identifica como persona Google nos recomienda un restaurante chino con muy buena puntuación y después de hacer lo que hacemos siempre: Contemplar otras cuatro opciones cuando ya estamos decididos por la primera, nos encaminamos al chino.

Una caminata considerable más tarde llegamos al chino con mejor puntuación de Haarlem, el Sin YUE. Pongo aquí su nombre por si eres uno de los que me lee desde tierra de canales.

Evita el sitio como si fuese la peste.

Como si esa peste tuviese ébola.

Los entrantes tardaron cosa de veinte minutos y eso fue una cosa rápida comparada con los platos en sí, que tardaron más de una hora. Para colmo de males, la única persona que hablaba un inglés decente se marchó tras tomarnos la comandas, dificultando la posibilidad de quejarse y patalear. La comida no era nada del otro mundo y la factura se acercó bastante a la que recibí en uno de los mejores restaurantes de Utrecht.

Decidimos volver en tren y al parar en la estación Amsterdam Centraal nos encontramos con que hemos perdido el tren en el que queríamos subirnos por apenas un minuto, así que esperamos un buen rato para el siguiente.

Justo al subirnos en el siguiente, los niños empezaron a llorar, así que tuvimos que bajarnos del tren para encontrar un sitio donde nos pudiesen llenar los biberones de agua caliente.

Con los niños alimentados, mi goloseo tomó el control.

— Nena. ¿Crees que nos merecemos un helado?

— Ya lo creo.

Y allá que fuimos a pedirnos un helado de estos que tienen cuatrocientas opciones de topping… Y la chica se equivocó con el de mi mujer.

— Vaya desastre de día ¿No? — Le dije.

— No lo creo.

— Tu helado no opina lo mismo y el chino…

— Sí, pero hemos hablado todo el día de cosas importante y nos hemos puesto de acuerdo.

Y entonces lo vi claro. Quien haya estado en una relación larga lo sabe: No sólo no se puede estar siempre de acuerdo, sino que a veces es imposible llegar a un acuerdo.

Sin embargo, en aquel día en el que las cosas habían ido saliendo mal una detrás de la otra, habíamos discutido materias delicadas significativas para nuestro futuro y habíamos sido capaces de poner nuestros egos a un lado y encontrar puntos comunes sobre los que seguir construyendo el futuro.

Y al final todo se trata de eso: De seguir adelante cuando el viento sopla en contra, de salvar cada obstáculo, trepar cada muro…

Reflexionando sobre ello, me doy cuenta de que sólo empecé a vivir cuando decidí en qué dirección quería ir y empecé a avanzar. Me tuve que enfrentar a mis demonios, terribles, pues se parecían a mí, pero adversarios cuya derrota era necesaria para poder seguir adelante.

Y es que la vida sólo tiene sentido cuando le das una dirección. Sea cual sea la dirección que elijas, el sentido siempre es el mismo: Hacia delante.

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3 comentarios en “El sentido de la vida”

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